¿POR QUÉ SE CONSIDERA EL CANDIDATO ORGÁNICO DE LA IZQUIERDA EN EL CUSCO Y QUÉ LO DIFERENCIA DE OTRAS CANDIDATURAS?
No creo que sea el único candidato orgánico de la izquierda, sin embargo, ser un candidato orgánico de la izquierda consiste en tener una trayectoria que no surge de coyunturas electorales, sino de décadas de militancia política apostando por la construcción de un proyecto político de cambio, de una apuesta por refundar el país que va a contrapelo de quienes solo quieren parches o creen que basta con un buen gobierno para cambiar las cosas. Desde la lucha contra el fujimorismo siempre aspiramos a construir una democracia de verdad, con justicia y la posibilidad de vivir en un país donde todos podamos construir nuestros sueños y sentirnos plenamente ciudadanos. Además, en ese esfuerzo hemos sido parte y hemos acompañado las sucesivas luchas sociales que nuestro pueblo ha librado por un cambio de fondo, por conquistar derechos, por defenderlos, por enfrentar los abusos de quienes han estado en el poder.
A ello debo agregar que no he buscado construirme una plataforma personal como han hecho muchos compañeros de ruta que han sido incapaces de apostar por proyectos colectivos y han terminado convirtiéndose en referentes individuales en busca de un soporte electoral particular. Venimos de décadas, con sus contradicciones y todo, de trabajar por un programa serio de cambio, de apostar por la unidad, y de construir un partido sólido a contracorriente de un tiempo en el que lo que predominan son los emprendimientos políticos particulares. A diferencia de otras candidaturas, me hago parte de una propuesta que no se limita a promesas aisladas, a la buena voluntad o a alguna especialización temática: está enraizada en la memoria de las luchas populares y en la articulación de un proyecto democrático y socialista que busca transformar el país desde abajo, con los trabajadores del campo y la ciudad, con las mujeres, los jóvenes y los pueblos originarios como protagonistas.
En esa medida considero que Venceremos representa una auténtica voluntad de cambio en el país y para el Cusco en su conjunto la posibilidad de alcanzar los cambios que han sido frustrados una y otra vez. No son palabras vacías, no es un asunto de elecciones. Desde lo institucional buscamos aportar en conquistar lo que se nos ha sido negado tantas veces y ha costado la vida de tantos hermanos, lo que hemos peleado en las calles, en lo profesional también. ¿Cuánta gente anda cansada de promesas? ¡Y lo entendemos! Y prefieren replegarse a lo personal o lo familiar, a la desesperanza de que se puedan hacer cambios históricos, estructurales. Pero tenemos que decirles que sí es posible, pero que para eso necesitamos proyectos serios y una política realmente comprometida. No podemos aceptar el sálvese quien pueda, pues nos hundiremos todos.
A UNA SEMANA DE LAS ELECCIONES, ¿CUÁL ES EL PRINCIPAL CAMBIO QUE PROPONE PARA EL CUSCO Y EL SUR DEL PAÍS?
El principal cambio que propongo es que concretemos un nuevo pacto social para el país que nos lleve a tomar otro rumbo y a concretar nuestros anhelos de cambio. Las familias trabajadoras no pueden empobrecerse porque alguno de sus miembros se enfermó; los jóvenes no pueden seguir pensando en escapar del país, de sus pueblos, ciudades, porque la educación no fue suficiente para labrarse una vida digna y con futuro; no es posible que en nuestra región los índices de desnutrición y anemia sean tan altos y que no tengamos seguridad alimentaria mientras que se abandona el campo, a la pequeña agricultura; no podemos seguir siendo meros proveedores de materias primas, de energía, mientras nuestros territorios se convierten en “zonas de sacrificio” con contaminación y enfermedades, de la que solo se benefician unos pocos, sin opción de lograr un verdadero desarrollo territorial.
Para superar esta situación debemos habilitar una salida constituyente, y lograr una nueva constitución para dejar atrás este Estado neoliberal y avanzar a un Estado garante de derechos y responsable de alcanzar el buen vivir para todos los ciudadanos. Enfrentar la concentración de poder que se ha generado en esta dictadura parlamentaria con un súper senado poderoso. Este estado criollo, centralista, racista, asesino y caduco no da para más y solo se puede sostener en el crimen, la corrupción, el asesinato, el abuso y el autoritarismo. Necesitamos refundar nuestro país.
Esto nos permitirá lograr un nuevo pacto territorial, una descentralización de verdad que acabe con el centralismo que ha generado desigualdades sociales, económicas, culturales y territoriales. Una descentralización que considere nuestra diversidad cultural y permita un ejercicio descentralizado del poder, cercano y fiscalizado por los ciudadanos. Hospitales que tienen décadas sin terminar de construirse, vías abandonadas, una educación que no responde a las necesidades y a un proyecto de desarrollo regional y nacional son las consecuencias del centralismo y de una descentralización que ha sido un simulacro de descentralización. El Cusco padece de estos males en todas sus provincias teniendo todas las potencialidades para que las cosas sean diferentes. La macro sur debe convertirse en un contrapeso al centralismo asfixiante articulando los territorios, con megaproyectos y un plan de desarrollo territorial de conjunto que articule nuestros territorios.
Un segundo elemento es la diversificación económica con industrialización, diversificación turística, recuperación del gas y una educación de calidad orientada a estos propósitos, con pertinencia social y cultural. Para ello, debemos garantizar, la recuperación del proyecto del gasoducto del sur. Necesitamos un estado con un rol más activo en impulsar financieramente y con infraestructura a los productores agrarios, a los micro, pequeños y medianos empresarios del turismo, de la artesanía, a la agricultura familiar. También es importante cómo, a partir de ello, se genera empleo de calidad, con derechos. Para ello, debe trabajarse por articular un sistema educativo regional que articule la educación básica y superior, la técnica y universitaria que permita que se sumen recursos, tecnología, infraestructura para lograr objetivos de desarrollo regional que apunten a salir de un modelo extractivista, de enclave y rentista que caracteriza a la economía regional y más bien se busque dar valor agregado y articulación a los territorios, a las comunidades.
Otro tema que es urgente es cómo trabajamos lo relacionado con el cuidado, la alimentación, la autonomía económica de las mujeres y el cuidado de las personas que se hallan en situaciones de vulnerabilidad. Para esto hay que empezar por impulsar la agricultura familiar, desarrollar las capacidades productivas y el acceso a empleo de mujeres y jóvenes y fortalecer la infraestructura del cuidado, es decir comedores populares, salones comunales entre otros donde se pueda, con la ciudadanía organizada, en articulación con los gobiernos locales y los programas sociales lograr la seguridad alimentaria, la erradicación de la violencia de género, la atención en salud, la autonomía económica, la atención de niños, adolescentes, jóvenes, personas con discapacidad y adultos mayores.
Nuestra región tiene un sinfín de posibilidades humanas y de recursos para alcanzar otra calidad de vida, sobre la base de la solidaridad, de un estado más activo y del esfuerzo de las comunidades y el sector privado. Es un crimen que tras tantos años de crecimiento económico sigamos en la precariedad, en la informalidad y en el abandono.
Entrevista publicada en el Semanario Qosqo Times, en Cusco 6 de abril de 2026.
(Entrevista a Alvaro Campana candidato al Senado por la Región Cusco en la Alianza Electoral Venceremos para Qosqo Times)
¿Quién es Álvaro Campana?
Lo primero que quiero es agradecerles la posibilidad de dirigirme al público de Qosqo Times. Soy un cusqueño que, como muchos otros, en algún momento tuvo que dejar Cusco para seguir mis estudios. Inicié mi formación en Historia en la Universidad Nacional de San Antonio Abad (UNSAAC) y la continué en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Desde muy joven, he militado en diversos colectivos y organizaciones de izquierda, promoviendo la refundación de la política y de un proyecto de izquierdas acorde a los desafíos del mundo contemporáneo. Mi apuesta siempre ha sido por la radicalidad, entendida como la necesidad de «cambiar los problemas desde la raíz» y, a la vez, partiendo de nuestras propias raíces histórico-culturales.
A mi generación —estoy próximo a cumplir cincuenta años— nos tocó luchar contra la dictadura de Fujimori, con la convicción de que alcanzar la democracia nos permitiría superar la violencia, la corrupción y el abuso de poder instalados en el país. Lamentablemente, esta tarea se logró a medias: sacamos a Fujimori, pero el fujimorismo continuó bajo modales democráticos. Tuvimos una transición trunca y, al parecer, hemos retrocedido a una situación similar o peor. Fui parte de la experiencia del Frente Amplio y, posteriormente, del Movimiento Nuevo Perú, del cual ejercí como Secretario General desde 2017 hasta 2021.
Profesionalmente, mis intereses han sido diversos. He trabajado en temas como la Reforma Universitaria, la descentralización y el ordenamiento territorial. También me he desempeñado en el ámbito de la educación popular y cuento con estudios avanzados en docencia universitaria. Fui Coordinador Ejecutivo del Grupo Propuesta Ciudadana, una plataforma nacional de ONG, donde tuve la oportunidad de acompañar la discusión de la Política sobre Gestión y Ordenamiento Territorial en el marco del Acuerdo Nacional, asesorando a la Asamblea Nacional de Gobiernos Regionales.
Actualmente, soy Presidente de la Asociación Nuestro Sur, un Espacio para la Reflexión y la Acción Política, desde donde generamos reflexiones, propuestas políticas y programáticas, además de desarrollar procesos de formación política para organizaciones sociales y políticas. Adicionalmente, he participado activamente en diversos esfuerzos para discutir e impulsar el proceso constituyente en el Perú.
¿Por qué Álvaro Campana postula para ser Senador por Cusco?
Sinceramente, nunca me sentí cómodo con la idea de postular a un cargo de representación. Las razones son varias: en primer lugar, el convencimiento de que la política no se reduce únicamente a los procesos electorales; y, en segundo, por la vanidad, la frivolidad —por no decir algo peor— que a menudo rodean la política de representación.
Sin embargo, también he comprendido que, dada la organización de nuestro sistema político, los esfuerzos realizados en los espacios orgánicos resultan insuficientes, pues la voz de uno no es escuchada con la suficiente fuerza, incluso ocupando posiciones importantes en organizaciones serias. A esto se suma una interpelación personal: ¿por qué dejarle el espacio a quienes han capturado el poder y desprestigiado la política, conspirando contra las posibilidades de futuro de nuestro país, condenándonos a la precariedad, la inseguridad y el hambre?
Uno podría pensar: «Empeñé mi juventud en la lucha contra la dictadura fujimorista y hemos vuelto a algo similar o aún peor»; lo más sencillo sería volver a lo propio, dedicarse a otra cosa. No obstante, el desastre que vivimos trasciende al Perú. Como señala Álvaro García Linera, el mundo está en un momento de redefiniciones que orientarán el futuro por un buen tiempo. Contribuir a que ese futuro sea de democracia, libertad y justicia es algo por lo que vale la pena empeñar nuestras vidas.
Por ello, decidí entrar en la contienda electoral: para aportar en la construcción de una agenda de país y, desde allí, contribuir al cambio de fondo, a la refundación democrática que anhelamos.
¿Y por qué al Senado? Porque este nuevo espacio de poder, creado por la actual «mafia congresal», tiene atribuciones que lo vuelven muy poderoso y sirve como un espacio de reproducción del poder mafioso y autoritario de las fuerzas políticas y los intereses que representan. Necesitamos entrar para cambiar esto, para poner un freno a estos grupos. No es una tarea fácil dada la fragmentación política y las ventajas que se han otorgado quienes apuestan por una salida autoritaria a la crisis actual.
A pesar del desprestigio que pueda acarrear disputar estos espacios, me enfrenté al dilema, ambas opciones totalmente legítimas: o me quedaba tranquilo en casa o salía a pelear. Opté por seguir en la lucha política e insistir en una salida democrática y constituyente a la crisis. Mi convicción es que el país necesita una insurgencia democrática y electoral, una lucha tanto en la calle como en las instituciones. Sin el poder constituyente, la refundación democrática no es posible, y ese poder es del pueblo.
El Senado se convierte también en un espacio importante para activar o ajustar los mecanismos que permitan abrir la salida constituyente, a la que se han negado los grupos de poder y un Congreso desprestigiado que ha modificado a su gusto la Constitución de 1993, que antes declaraban intocable, para reforzar su carácter autoritario y salvaguardar el lesivo capítulo económico que contiene. Considero, además, que el mismo Senado debe ser puesto en cuestión, pues no olvidemos que la gran mayoría de peruanos votaron en contra de su reinstauración. Esto debe ser replanteado, discutido y decidido con la ciudadanía.
Desde el Senado, ¿qué se puede hacer por Cusco?
No podemos ver el Senado como una entidad separada de la Cámara de Diputados. Cualquier iniciativa legislativa y su aprobación requerirán coordinación. Por ello, es imperativo construir una agenda orientada a atender las necesidades del pueblo cusqueño.
Fiscalización y Lucha Anticorrupción
Una tarea fundamental es la fiscalización rigurosa. No solo de cómo se han llevado adelante obras vitales que se encuentran paralizadas o pospuestas (hospitales, centros de salud, represas que se construyen con interminables adendas), sino también de cómo se han usado nuestros recursos y la renta generada. Debemos identificar quiénes se han beneficiado realmente, si se cumplieron los objetivos y poner nombre y apellido a los responsables, identificando los mecanismos que propiciaron esta situación.
Es inaceptable la prolongada espera por la masificación del gas, mientras alguien se ha beneficiado todo este tiempo. ¿Qué se ha hecho con los recursos destinados a nuestra universidad nacional, que a estas alturas debería ser un referente? Es crucial investigar y sancionar los actos de corrupción que han afectado nuestro patrimonio arqueológico y natural.
Impulso de un Nuevo Pacto Social Regional y Nacional
Desde el Senado, y coordinando con la representación que realmente apuesta por los cambios de fondo, debemos impulsar un nuevo Pacto Social por la Región y el país:
Referéndum Constituyente: Es vital convocar un referéndum constituyente.
Equilibrio de Poderes: Derogar las leyes que favorecen el crimen y restablecer el equilibrio de poderes.
Reforma del Estado y Ordenamiento Territorial: Es urgente impulsar una reforma del Estado y gestar un nuevo pacto territorial que nos permita gobernar y gestionar mejor nuestro territorio e impulsar su desarrollo.
Fortalecimiento Comunitario: Este nuevo pacto debe involucrar a las organizaciones y comunidades, fortaleciendo su capacidad de participar en la toma de decisiones.
Planificación Estratégica: Impulsar decisivamente la planificación y el ordenamiento territorial como marco de intervención y gestión pública y privada.
Agenda Económica y Social Urgente
Recuperación y Uso Prioritario del Gas: Necesitamos recuperar el gas y priorizar su uso para la masificación y la industrialización del sur.
Ruptura del Oligopolio Financiero: Habilitar al Banco de la Nación para romper el oligopolio en el mercado financiero que genera intereses usureros y altas ganancias para los grandes bancos a costa del desarrollo de las mayorías.
Seguridad Alimentaria y Dignificación de la Vida: Actuar urgentemente contra la inseguridad alimentaria y la precarización de la vida mediante:
Fortalecimiento de la agricultura familiar e industrialización del agro.
Articulación de la oferta educativa con este esfuerzo productivo.
Creación de mercados que privilegien la comercialización directa de los productores.
Infraestructura del cuidado para comedores y programas sociales.
Reconocimiento económico de las actividades de cuidado y promoción de la autonomía económica de las mujeres y la erradicación de la violencia.
Estas iniciativas, desde garantizar el acceso al agua y la energía, hasta fortalecer la agricultura, la artesanía y descentralizar los servicios de educación, están intrínsecamente vinculadas a las necesidades del Cusco.
¿Cómo observa el desarrollo y la política en Cusco?
Un gran problema es la ausencia de una élite regional con la suficiente masa crítica para impulsar una visión de desarrollo integral. La lógica rentista, extractivista y centralista de la economía ha impedido la conformación de élites políticas, económicas y académicas sólidas.
La universidad está lejos de subsanar estos déficits, al igual que los partidos. Las organizaciones sociales, que de alguna manera sí lo intentan, se ven afectadas por la supervivencia, la fragmentación y la subordinación forzada a los gobiernos subnacionales. Incluso los medios de comunicación están tan precarizados que no logran generar una opinión pública capaz de discutir los grandes problemas de la región; nos movemos entre la anécdota, la denuncia de corrupción y el reclamo puntual. Esto nos impide tener una política a la altura de las circunstancias.
Debemos revertir esta situación desde los gobiernos subnacionales, la academia, las organizaciones sociales y los partidos. Ojalá también con una forma de empresariado no rentista que apueste por el turismo, la industrialización y la agricultura al servicio de las grandes mayorías.
Recientemente participé en una presentación de candidatos y encontré gente bien intencionada y con buenas ideas, muchas de ellas coincidentes. ¿Qué nos diferencia entonces?
En primer lugar, aunque todos hablan de mujeres, comunidades y jóvenes, hay una diferencia crucial entre quienes participamos en organizaciones que realmente se comprometen con estas demandas y quienes forman parte de partidos que han atentado claramente contra estos sectores.
En segundo lugar, hay intereses sociales profundos. Me sigo preguntando: ¿Qué visión llevó al Gobernador a desalojar el Mercado de Productores de Huancaro para luego no hacer absolutamente nada, utilizando además a un sector de construcción civil para ello? Hay visiones e intereses diferentes, y prioridades que deben ponerse sobre la mesa y que no se discuten. La política debe ser la discusión y la disputa entre proyectos y visiones contrapuestas.
El caso del Hotel en Machu Picchu es otro ejemplo: abogados y periodistas que dicen defender los intereses del Cusco terminan defendiendo a una empresa abusiva que se cree dueña de una infraestructura cuya concesión ya terminó, imponiendo sus intereses con argucias legalistas. O los destrozos que se están haciendo en el Valle Sagrado, donde la especulación y la presión inmobiliaria, junto a la gentrificación, contribuyen a la destrucción del patrimonio cultural y natural sin que el Estado neoliberal haga nada, o incluso, como ocurre con varios municipios, esté vinculado a esto.
Igualmente debemos considerar lo que se desveló en el llamado estallido social y el costo en vidas que trajo la brutal represión y el asesinato del régimen de Dina Boluarte. Vimos entonces el actuar y la pervivencia de un Cusco racista y clasista, de un Cusco “Waqchapituco” que sigue allí, despreciando a las grandes mayorías de nuestra región e incluso justificando la brutalidad policial y militar o la criminalización de la protesta social como ocurre con los jóvenes de Pisac. Felizmente estos sectores son minoritarios aunque también influyentes. Eso nos muestra que aun que los peruanos y los cusqueños tenemos que superar estos “hondos y mortales desencuentros”. Y eso tiene que hacerse sin impunidad, con justicia y verdad.
¿Qué debe ocurrir para encauzar a Cusco por la ruta de la modernidad y el desarrollo?
Es imperativo gestar un gran pacto social por el Cusco que permita dirimir qué tipo de desarrollo queremos. Por eso, hago un llamado a construir una agenda política y social del Cusco y un compromiso con su impulso. Las izquierdas tenemos un deber en ello, a pesar de haber sido incapaces de ir unidas en un momento de tanta necesidad. Es el momento de afirmar una alternativa real de desarrollo y buen gobierno para nuestra región y nuestro país, que debe afirmarse en la lucha electoral y en el momento que viene después.
También debemos construir puentes con otras fuerzas democráticas para lograr que nuestro Cusco sea un faro del «buen vivir» en el sur y en todo el país. Hay cosas ineludibles y evidentes que sirven para encaminarnos al desarrollo.
¿Cree que su partido perdió mucho al no postular a Verónika Mendoza? ¿Es usted el hombre fuerte detrás de Verónika Mendoza?
Construir un liderazgo es difícil, pero a veces es necesario refrescarlo. El papel de la compañera hubiera sido clave en estas circunstancias a nivel nacional. Sin embargo, respetamos esta decisión, que tiene un carácter fuertemente político, no solo personal. Volver a la base, construir desde los territorios, es algo también necesario y entiendo que esta es la apuesta de la compañera, quien sigue trabajando en el partido y en el Frente que hoy lidera el compañero Ronald Atencio con la candidatura presidencial. Y no hay un «hombre fuerte» aquí. Nuestra lideresa, más allá del rol que cumpla, es Verónika Mendoza, quien es un referente nacional e internacional. Además, creo que ella viene construyendo un equipo importante a nivel regional, como se hizo antes a nivel nacional. Aquí lo que hay es un conjunto de hombres y mujeres fuertes detrás de un proyecto político que busca cambios de fondo. Un ejército de Micaelas y Túpac Amaru.
Derrotar el autoritarismo y la corrupción en el Perú exige hoy la construcción de un proyecto de cambio radical. Esta no es una consigna vacía, sino una urgencia histórica. Nuestro país arrastra una crisis larga y dolorosa que ha logrado normalizar lo inaceptable: una política secuestrada por intereses privados, un Estado que abandona a su pueblo y una economía que se celebra en cifras macroeconómicas mientras precariza la vida cotidiana de millones de peruanas y peruanos.
La gente trabaja, pero no le alcanza. El costo de vida sube, los salarios se estancan y el empleo es cada vez más inseguro. La salud, la educación y la seguridad pública se encuentran en crisis permanente, erosionadas por una corrupción sistémica que atraviesa al Estado. Décadas de un crecimiento económico “falaz”, como advertía Basadre, no se tradujeron en bienestar ni en derechos, sino en una desigualdad más profunda, en vulnerabilidad y en territorios históricamente postergados.
El estallido social de los últimos años terminó de desnudar esta realidad. Vimos actuar a un Estado criollo, represor y racista, capaz de asesinar a sus propios ciudadanos para garantizar la continuidad de privilegios y prebendas. Se criminalizó la protesta, se negó el diálogo y se respondió con balas a demandas legítimas. Eso no es democracia, es autoritarismo.
Desde el Cusco, y desde el sur del país, la indignación es doble. A pesar de nuestras enormes riquezas naturales, culturales y humanas, seguimos siendo tratados como una periferia extractiva. El gas de Camisea cruzó nuestro territorio sin beneficiar a nuestras comunidades, enriqueciendo a redes de corrupción y a grandes transnacionales. Nuestro patrimonio cultural, como Machu Picchu, está amenazado por la voracidad de “pirañas y tiburones” que buscan convertirnos en un simple parque temático para el mercado, mientras la anemia y la desnutrición infantil continúan siendo una vergüenza nacional. Un Cusco que abandona su agricultura familiar y campesina no tiene futuro.
Frente a este escenario, la respuesta es clara y contundente: ¡Basta! El Perú no necesita más parches ni reformas cosméticas. Necesita una refundación profunda, sustentada en un Nuevo Pacto Social que devuelva la soberanía al pueblo. Esa refundación pasa necesariamente por un Proceso Constituyente democrático, participativo y legítimo. La actual Constitución, ya desfigurada por quienes usurpan el poder constituyente para servir a una minoría, ha agotado toda posibilidad de reforma real. Un Estado subsidiario, centralista y capturado por una oligarquía lumpen no da para más.
En el reciente Simposio Internacional por los cien años de La Escena Contemporánea, organizado por el Archivo Mariátegui, Praxis, el Museo Mariátegui y Nuestro Sur, participé con la ponencia que da título a esta nota, retomando la reflexión que hace Mariátegui en el capítulo “La crisis del socialismo”. El objetivo fue contrastar la crisis ideológica del socialismo de entreguerras con la ausencia actual de una alternativa transformadora frente al colapso estructural del capitalismo contemporáneo.
Mariátegui diagnosticó que la crisis del socialismo europeo no expresaba un fracaso intrínseco de la idea socialista, sino la agonía de la civilización burguesa y, sobre todo, la parálisis reformista de los partidos que habían perdido voluntad revolucionaria. La síntesis —“el capitalismo no puede más y el socialismo no puede todavía”— revelaba la urgencia de dotar al proletariado de un mito, una fe vehemente que sustituyera la racionalidad burguesa agotada por una estrategia audaz, política y éticamente revolucionaria.
El paralelo con el presente es evidente. Pese a la manifiesta insolvencia del capitalismo —crisis climática, precarización masiva, guerras interimperialistas, vaciamiento de la democracia—, la izquierda global carece de mito revolucionario, de un proyecto y un horizonte unificador con voluntad de poder. La crisis actual, al igual que la de entonces, expresa la disyunción entre la necesidad histórica objetiva de superación y la debilidad subjetiva de las fuerzas alternativas. La lección mariateguiana sigue vigente: necesitamos un marxismo creativo y heroico que, al indoamericanizar la lucha, genere un nuevo horizonte estratégico para una civilización en colapso.
1. El carácter civilizatorio de la crisis y la crisis como oportunidad
Hoy, nuevamente, hablamos de una crisis civilizatoria terminal. Mariátegui podría recordarnos que esta noción responde a un hecho objetivo —la crisis económica, política e ideológica de Occidente—, pero también a la necesidad de nombrar así el momento histórico para hacer viable una transformación revolucionaria. El mundo de entonces se derrumbaba, pero el capitalismo logró recomponerse. Mariátegui insistía: el socialismo no emergería únicamente de la bancarrota del capitalismo, sino del ascenso esforzado y heroico de una nueva civilización —económica, política, ideológica y filosófica— llevado adelante por el proletariado revolucionario.
En los años noventa se repitió la idea de un “cambio de época”, del “fin de la historia”. El capitalismo triunfante, vía globalización, generó su propia contracara revolucionaria, cuyos síntomas recién ahora aparecen con plena fuerza. Hoy la crisis abre una oportunidad distinta. Ya no es solo política, económica o ideológica: es ecológica, amenaza la continuidad misma del planeta y de la humanidad. Cabe preguntarse si tendremos otra oportunidad después de esta.
El capitalismo contemporáneo socava sus propios baluartes civilizatorios —democracia, derechos humanos—, mientras emergen ultraderechas autoritarias y genocidios transmitidos en vivo sin pudor. La guerra permanente del capital contra la vida exhibe su verdadera entraña. Pero, a diferencia de la época de Mariátegui, hoy no existe un desafío revolucionario. El dominio capitalista es más totalitario que nunca: vivimos la subsunción total de la vida a la lógica del capital.
2. La ausencia de una alternativa: la nueva crisis del socialismo
Hoy no asistimos a la crisis de un socialismo: asistimos a la crisis sin socialismo. El capitalismo nos conduce a la destrucción y el socialismo ni puede, ni siquiera aparece en el horizonte. Tras la caída del Muro de Berlín, solo han surgido experiencias aisladas o parciales sin capacidad de convertirse en base de una alternativa civilizatoria.
Para reconstruir una voluntad revolucionaria es imprescindible identificar las causas de esta ausencia. La crisis tiene varias dimensiones:
• Crisis de horizonte
Mark Fisher señala que el neoliberalismo no solo organiza la economía, sino la imaginación: la izquierda opera dentro de un marco cultural donde lo posible está colonizado por el capital. La precariedad, la deuda, el hiperindividualismo y la algoritmización de la vida producen fatiga y desmovilización, no insurgencia. En ese escenario, es más fácil imaginar la posibilidad del fin del mundo que el fin del capitalismo que se ha naturalizado y deshistorizado.
Nancy Fraser destaca que la crisis es multidimensional —ecológica, reproductiva, política— y que la izquierda no articula estas dimensiones en un proyecto de reemplazo sistémico. Se limita a gestionar lo dado, convirtiéndose en salvadora de los muebles de una casa en ruinas.
Para Wolfgang Streeck, el capitalismo entra en una “larga decadencia” y una descomposición sin fin, con todos los costos y sufrimientos que trae aparejados, y la izquierda no logra constituirse en fuerza de transición. La crisis por sí sola produce desorden, y si no se convierte esa crisis en oportunidad, sin sujeto y con un proyecto ausente, quedamos atrapados en esta caída sin fin.
• Crisis narrativa y simbólica: pérdida del mito
El imaginario revolucionario global ha colapsado: no existe un mito que condense deseo, estrategia y ética. Mariátegui insistía en que no hay horizonte sin mito, ni mito sin horizonte.
Tras la caída del Muro y del “socialismo realmente existente”, la memoria revolucionaria quedó fragmentada, convertida en nostalgia o melancolía, como plantea Traverso. La izquierda conserva la crítica, pero no la esperanza articulada. Sin héroes, sin heroísmo, sin una épica que nos arroje a la lucha no es posible construir una salida transformadora.
Según Löwy, se erosionó la imaginación revolucionaria —surrealista, utópica, heroica—, lo que llevó a renunciar a la trascendencia del presente. Para “Bifo” Berardi, vivimos una “fatiga de futuro”: sin un futuro imaginable, la política queda reducida a gestionar el presente. La conexión con Mariátegui es directa: sin mito transformador, la voluntad histórica se desactiva.
• Crisis estratégica: una izquierda sin estrategia de revolución
Lazzarato sostiene que al expulsar del pensamiento crítico nociones como revolución, guerra o lucha de clases, se desarmó a las clases subalternas. Las izquierdas se concentraron en gestionar el Estado, no en disputar el poder. Su estrategia en los países occidentales quedó reducida a la estrategia electoral y la disputa institucional y no planteada para la transformación de la realidad en su totalidad y complejidad.
Esto impide convertir la crisis del capitalismo en oportunidad revolucionaria y abre espacio a la ultraderecha para canalizar el descontento, como advierte Stefanoni. La izquierda aparece como orden; la derecha, como rebeldía. Por su parte, García Linera afirma que las izquierdas logran irrupciones, pero no estructuras permanentes de poder social. Y según Cédric Durand, el poder ya no es solo estatal: es transnacional, algorítmico y plataformizado. La izquierda carece de estrategia para disputar esos terrenos. El debate estratégico —Estado, guerra, revolución, sujeto— es hoy ineludible.
• Crisis organizativa: la forma partido en jaque
¿Qué partido para qué estrategia y para qué sujetos? Existen luchas y resistencias, pero sin un mito revolucionario la izquierda oscila entre gestionar el orden y cultivar radicalismos sin fuerza estructural. Predomina la parálisis estratégica: fragmentación, agendas dispersas, derrotas preventivas.
Tras el ciclo progresista, señala André Singer, la izquierda queda atrapada entre gestionar el Estado y movilizar desde abajo, perdiendo densidad orgánica y capacidad anticipatoria. Boaventura de Sousa Santos añade que la crisis organizativa es también epistémica: sin síntesis entre marxismo, feminismos, ecologismos y luchas indígenas, no hay estrategia ni hegemonía posible.
3. Con Mariátegui: pistas para que el socialismo pueda
Hoy el socialismo es más necesario —y más posible— que nunca. “Socialismo o barbarie”, decía Rosa Luxemburgo. Y Benjamin advertía que debemos accionar el freno de emergencia del tren desbocado del capitalismo: ese freno es la revolución.
La barbarie capitalista actual no es una respuesta al avance de la revolución, sino resultado de la ausencia de un proyecto socialista y de una desafío revolucionario. La disputa interimperialista podría anunciar una nueva fase del capitalismo —incluso bajo retóricas “socialistas”— con China a la cabeza. La pregunta es si este escenario permite abrir salidas históricas distintas a un nuevo reacomodo capitalista.
Frente a ello, las tareas están planteadas: ¿Cómo construir un mito? ¿Cómo levantar un proyecto socialista capaz de sustituir al capitalismo? ¿Qué estrategia, qué instrumento, qué sujeto? ¿Cómo revertir no solo la parálisis reformista, sino la ausencia total de posibilidad revolucionaria?
La lección mariateguiana es clara: un marxismo creador, heroico e indoamericano. Volver a Mariátegui es volver a la audacia: un marxismo no repetitivo, un socialismo no burocrático, un proyecto no calcado de Europa. Su intuición cardinal sigue vigente: no basta analizar el capitalismo; hay que construir un horizonte emocional y estratégico que permita superarlo. No basta indignarse; hay que generar voluntad colectiva y dirección histórica. No basta resistir; hay que reinventar el mito revolucionario del siglo XXI.
Ese mito no es un eslogan, sino un horizonte civilizatorio: ecológico, democrático, popular, intercultural, feminista y tecnológicamente emancipador. Un mito enraizado en nuestras realidades, en nuestras culturas, en nuestra memoria larga, capaz de indoamericanizar la revolución: partir de nuestro suelo, de nuestras comunidades, de nuestras luchas. Mariátegui sigue vigente porque articula mito, comunidad y revolución. Nuestro tiempo exige recomponer sujeto y voluntad, crear un horizonte constituyente desde abajo, desde los territorios y desde la vida.
“De comer mierda estamos hartos ya La rabia avisa que es hora de comenzar Y sus esquemas no los vamos a tragar Y en vuestras leyes no vamos a creer”
Eutanasia
Desde la imposición de Dina Boluarte en el Ejecutivo, la consolidación de una dictadura parlamentaria y la toma directa del poder por parte de los “tiburones y pirañas” de los poderes fácticos —económicos, políticos, militares y mediáticos—, se ha afianzado sin mayor resistencia una Coalición Criminal y Reaccionaria. Tras los asesinatos cometidos por las Fuerzas Armadas y Policiales durante el estallido social entre diciembre de 2022 los primeros meses de 2023, y la posterior desmovilización, esta coalición ha capturado instituciones del Estado, manipulado la Constitución a su antojo, aprobado leyes que promueven el crimen y la impunidad, vulnerado derechos fundamentales, preparado un escenario electoral fraudulento y favorecido descaradamente a los grandes intereses económicos. Todo ello con el objetivo de perpetuarse en el poder.
Las acciones que se vienen ejecutando desde el aparato estatal son innumerables y atentan directamente contra los derechos y el futuro de la mayoría de peruanos y peruanas. El país se hunde en la precariedad, la inseguridad y la corrupción, mientras una lumpen-oligarquía se enriquece sin pudor. Conscientes de su casi absoluto control, ya ni siquiera guardan las formas: actúan con total desvergüenza haciendo ostentación de su prepotencia y de sus corruptelas.
Sin embargo, algo comienza a cambiar. Inspiradas por la ola de protestas globales —como las de Indonesia y Nepal, donde los manifestantes incendiaron el parlamento usando la simbología del manga “One Piece” donde los protagonistas luchan contra el abuso de poder— y con una fuerte presencia juvenil, en Perú, especialmente en Lima, se vivieron movilizaciones potentes el 13, 20 y 21 de septiembre. Estas fueron detonadas por hechos que evidencian el hartazgo ciudadano frente a tanta impudicia.
La reforma del sistema de pensiones promovido por el fujimorismo —un robo descarado del dinero de trabajadores formales e informales para beneficiar a las AFPs—, la destitución de la Fiscal de la Nación, el incremento de la inseguridad, el abuso y la impunidad con que actúan congresistas, ministros, la presidenta y una policía profundamente corrompida, así como la burla constante de personajes como Keiko, Porky o Acuña, han provocado movilizaciones que, aunque brutalmente reprimidas, prometen escalar. El protagonismo de la “generación Z” ilumina la posibilidad de que el Perú deje de tolerar que los delincuentes que nos gobiernan sigan actuando impunemente a costa de la mayoría y del futuro.
La insurgencia democrática, que parecía dormida, vuelve a despertar. Y hoy, más que nunca, es urgente. La coalición en el poder sigue avanzando: ha colocado a un “cuello blanco” como Fiscal de la Nación y viene fraguando un fraude electoral desde hace tiempo. Pero el cántaro ha comenzado a romperse, y la movilización popular se desborda.
Lamentablemente, las izquierdas siguen atrapadas en la lógica electoral, desconectadas del ánimo ciudadano que podría perderse nuevamente en un estallido sin dirección clara. Las elecciones no resolverán los problemas del país; al contrario, podrían profundizarlos. No se trata de evadirlas, sino de enfrentarlas con claridad estratégica. Si realmente queremos salir de esta pesadilla, debemos ampliar la insurgencia democrática: fortalecer la protesta, la desobediencia civil, poner en evidencia las trapacerías de los delincuentes que están en el poder, denunciar el fraude en curso y plantear con urgencia una salida constituyente. ¡Los viejos a la tumba (si es necesario), los jóvenes (lo que no es un asunto etario) a la obra!