Derrotar el autoritarismo y la corrupción en el Perú exige hoy la construcción de un proyecto de cambio radical. Esta no es una consigna vacía, sino una urgencia histórica. Nuestro país arrastra una crisis larga y dolorosa que ha logrado normalizar lo inaceptable: una política secuestrada por intereses privados, un Estado que abandona a su pueblo y una economía que se celebra en cifras macroeconómicas mientras precariza la vida cotidiana de millones de peruanas y peruanos.
La gente trabaja, pero no le alcanza. El costo de vida sube, los salarios se estancan y el empleo es cada vez más inseguro. La salud, la educación y la seguridad pública se encuentran en crisis permanente, erosionadas por una corrupción sistémica que atraviesa al Estado. Décadas de un crecimiento económico “falaz”, como advertía Basadre, no se tradujeron en bienestar ni en derechos, sino en una desigualdad más profunda, en vulnerabilidad y en territorios históricamente postergados.
El estallido social de los últimos años terminó de desnudar esta realidad. Vimos actuar a un Estado criollo, represor y racista, capaz de asesinar a sus propios ciudadanos para garantizar la continuidad de privilegios y prebendas. Se criminalizó la protesta, se negó el diálogo y se respondió con balas a demandas legítimas. Eso no es democracia, es autoritarismo.
Desde el Cusco, y desde el sur del país, la indignación es doble. A pesar de nuestras enormes riquezas naturales, culturales y humanas, seguimos siendo tratados como una periferia extractiva. El gas de Camisea cruzó nuestro territorio sin beneficiar a nuestras comunidades, enriqueciendo a redes de corrupción y a grandes transnacionales. Nuestro patrimonio cultural, como Machu Picchu, está amenazado por la voracidad de “pirañas y tiburones” que buscan convertirnos en un simple parque temático para el mercado, mientras la anemia y la desnutrición infantil continúan siendo una vergüenza nacional. Un Cusco que abandona su agricultura familiar y campesina no tiene futuro.
Frente a este escenario, la respuesta es clara y contundente: ¡Basta! El Perú no necesita más parches ni reformas cosméticas. Necesita una refundación profunda, sustentada en un Nuevo Pacto Social que devuelva la soberanía al pueblo. Esa refundación pasa necesariamente por un Proceso Constituyente democrático, participativo y legítimo. La actual Constitución, ya desfigurada por quienes usurpan el poder constituyente para servir a una minoría, ha agotado toda posibilidad de reforma real. Un Estado subsidiario, centralista y capturado por una oligarquía lumpen no da para más.
En el reciente Simposio Internacional por los cien años de La Escena Contemporánea, organizado por el Archivo Mariátegui, Praxis, el Museo Mariátegui y Nuestro Sur, participé con la ponencia que da título a esta nota, retomando la reflexión que hace Mariátegui en el capítulo “La crisis del socialismo”. El objetivo fue contrastar la crisis ideológica del socialismo de entreguerras con la ausencia actual de una alternativa transformadora frente al colapso estructural del capitalismo contemporáneo.
Mariátegui diagnosticó que la crisis del socialismo europeo no expresaba un fracaso intrínseco de la idea socialista, sino la agonía de la civilización burguesa y, sobre todo, la parálisis reformista de los partidos que habían perdido voluntad revolucionaria. La síntesis —“el capitalismo no puede más y el socialismo no puede todavía”— revelaba la urgencia de dotar al proletariado de un mito, una fe vehemente que sustituyera la racionalidad burguesa agotada por una estrategia audaz, política y éticamente revolucionaria.
El paralelo con el presente es evidente. Pese a la manifiesta insolvencia del capitalismo —crisis climática, precarización masiva, guerras interimperialistas, vaciamiento de la democracia—, la izquierda global carece de mito revolucionario, de un proyecto y un horizonte unificador con voluntad de poder. La crisis actual, al igual que la de entonces, expresa la disyunción entre la necesidad histórica objetiva de superación y la debilidad subjetiva de las fuerzas alternativas. La lección mariateguiana sigue vigente: necesitamos un marxismo creativo y heroico que, al indoamericanizar la lucha, genere un nuevo horizonte estratégico para una civilización en colapso.
1. El carácter civilizatorio de la crisis y la crisis como oportunidad
Hoy, nuevamente, hablamos de una crisis civilizatoria terminal. Mariátegui podría recordarnos que esta noción responde a un hecho objetivo —la crisis económica, política e ideológica de Occidente—, pero también a la necesidad de nombrar así el momento histórico para hacer viable una transformación revolucionaria. El mundo de entonces se derrumbaba, pero el capitalismo logró recomponerse. Mariátegui insistía: el socialismo no emergería únicamente de la bancarrota del capitalismo, sino del ascenso esforzado y heroico de una nueva civilización —económica, política, ideológica y filosófica— llevado adelante por el proletariado revolucionario.
En los años noventa se repitió la idea de un “cambio de época”, del “fin de la historia”. El capitalismo triunfante, vía globalización, generó su propia contracara revolucionaria, cuyos síntomas recién ahora aparecen con plena fuerza. Hoy la crisis abre una oportunidad distinta. Ya no es solo política, económica o ideológica: es ecológica, amenaza la continuidad misma del planeta y de la humanidad. Cabe preguntarse si tendremos otra oportunidad después de esta.
El capitalismo contemporáneo socava sus propios baluartes civilizatorios —democracia, derechos humanos—, mientras emergen ultraderechas autoritarias y genocidios transmitidos en vivo sin pudor. La guerra permanente del capital contra la vida exhibe su verdadera entraña. Pero, a diferencia de la época de Mariátegui, hoy no existe un desafío revolucionario. El dominio capitalista es más totalitario que nunca: vivimos la subsunción total de la vida a la lógica del capital.
2. La ausencia de una alternativa: la nueva crisis del socialismo
Hoy no asistimos a la crisis de un socialismo: asistimos a la crisis sin socialismo. El capitalismo nos conduce a la destrucción y el socialismo ni puede, ni siquiera aparece en el horizonte. Tras la caída del Muro de Berlín, solo han surgido experiencias aisladas o parciales sin capacidad de convertirse en base de una alternativa civilizatoria.
Para reconstruir una voluntad revolucionaria es imprescindible identificar las causas de esta ausencia. La crisis tiene varias dimensiones:
• Crisis de horizonte
Mark Fisher señala que el neoliberalismo no solo organiza la economía, sino la imaginación: la izquierda opera dentro de un marco cultural donde lo posible está colonizado por el capital. La precariedad, la deuda, el hiperindividualismo y la algoritmización de la vida producen fatiga y desmovilización, no insurgencia. En ese escenario, es más fácil imaginar la posibilidad del fin del mundo que el fin del capitalismo que se ha naturalizado y deshistorizado.
Nancy Fraser destaca que la crisis es multidimensional —ecológica, reproductiva, política— y que la izquierda no articula estas dimensiones en un proyecto de reemplazo sistémico. Se limita a gestionar lo dado, convirtiéndose en salvadora de los muebles de una casa en ruinas.
Para Wolfgang Streeck, el capitalismo entra en una “larga decadencia” y una descomposición sin fin, con todos los costos y sufrimientos que trae aparejados, y la izquierda no logra constituirse en fuerza de transición. La crisis por sí sola produce desorden, y si no se convierte esa crisis en oportunidad, sin sujeto y con un proyecto ausente, quedamos atrapados en esta caída sin fin.
• Crisis narrativa y simbólica: pérdida del mito
El imaginario revolucionario global ha colapsado: no existe un mito que condense deseo, estrategia y ética. Mariátegui insistía en que no hay horizonte sin mito, ni mito sin horizonte.
Tras la caída del Muro y del “socialismo realmente existente”, la memoria revolucionaria quedó fragmentada, convertida en nostalgia o melancolía, como plantea Traverso. La izquierda conserva la crítica, pero no la esperanza articulada. Sin héroes, sin heroísmo, sin una épica que nos arroje a la lucha no es posible construir una salida transformadora.
Según Löwy, se erosionó la imaginación revolucionaria —surrealista, utópica, heroica—, lo que llevó a renunciar a la trascendencia del presente. Para “Bifo” Berardi, vivimos una “fatiga de futuro”: sin un futuro imaginable, la política queda reducida a gestionar el presente. La conexión con Mariátegui es directa: sin mito transformador, la voluntad histórica se desactiva.
• Crisis estratégica: una izquierda sin estrategia de revolución
Lazzarato sostiene que al expulsar del pensamiento crítico nociones como revolución, guerra o lucha de clases, se desarmó a las clases subalternas. Las izquierdas se concentraron en gestionar el Estado, no en disputar el poder. Su estrategia en los países occidentales quedó reducida a la estrategia electoral y la disputa institucional y no planteada para la transformación de la realidad en su totalidad y complejidad.
Esto impide convertir la crisis del capitalismo en oportunidad revolucionaria y abre espacio a la ultraderecha para canalizar el descontento, como advierte Stefanoni. La izquierda aparece como orden; la derecha, como rebeldía. Por su parte, García Linera afirma que las izquierdas logran irrupciones, pero no estructuras permanentes de poder social. Y según Cédric Durand, el poder ya no es solo estatal: es transnacional, algorítmico y plataformizado. La izquierda carece de estrategia para disputar esos terrenos. El debate estratégico —Estado, guerra, revolución, sujeto— es hoy ineludible.
• Crisis organizativa: la forma partido en jaque
¿Qué partido para qué estrategia y para qué sujetos? Existen luchas y resistencias, pero sin un mito revolucionario la izquierda oscila entre gestionar el orden y cultivar radicalismos sin fuerza estructural. Predomina la parálisis estratégica: fragmentación, agendas dispersas, derrotas preventivas.
Tras el ciclo progresista, señala André Singer, la izquierda queda atrapada entre gestionar el Estado y movilizar desde abajo, perdiendo densidad orgánica y capacidad anticipatoria. Boaventura de Sousa Santos añade que la crisis organizativa es también epistémica: sin síntesis entre marxismo, feminismos, ecologismos y luchas indígenas, no hay estrategia ni hegemonía posible.
3. Con Mariátegui: pistas para que el socialismo pueda
Hoy el socialismo es más necesario —y más posible— que nunca. “Socialismo o barbarie”, decía Rosa Luxemburgo. Y Benjamin advertía que debemos accionar el freno de emergencia del tren desbocado del capitalismo: ese freno es la revolución.
La barbarie capitalista actual no es una respuesta al avance de la revolución, sino resultado de la ausencia de un proyecto socialista y de una desafío revolucionario. La disputa interimperialista podría anunciar una nueva fase del capitalismo —incluso bajo retóricas “socialistas”— con China a la cabeza. La pregunta es si este escenario permite abrir salidas históricas distintas a un nuevo reacomodo capitalista.
Frente a ello, las tareas están planteadas: ¿Cómo construir un mito? ¿Cómo levantar un proyecto socialista capaz de sustituir al capitalismo? ¿Qué estrategia, qué instrumento, qué sujeto? ¿Cómo revertir no solo la parálisis reformista, sino la ausencia total de posibilidad revolucionaria?
La lección mariateguiana es clara: un marxismo creador, heroico e indoamericano. Volver a Mariátegui es volver a la audacia: un marxismo no repetitivo, un socialismo no burocrático, un proyecto no calcado de Europa. Su intuición cardinal sigue vigente: no basta analizar el capitalismo; hay que construir un horizonte emocional y estratégico que permita superarlo. No basta indignarse; hay que generar voluntad colectiva y dirección histórica. No basta resistir; hay que reinventar el mito revolucionario del siglo XXI.
Ese mito no es un eslogan, sino un horizonte civilizatorio: ecológico, democrático, popular, intercultural, feminista y tecnológicamente emancipador. Un mito enraizado en nuestras realidades, en nuestras culturas, en nuestra memoria larga, capaz de indoamericanizar la revolución: partir de nuestro suelo, de nuestras comunidades, de nuestras luchas. Mariátegui sigue vigente porque articula mito, comunidad y revolución. Nuestro tiempo exige recomponer sujeto y voluntad, crear un horizonte constituyente desde abajo, desde los territorios y desde la vida.
“De comer mierda estamos hartos ya La rabia avisa que es hora de comenzar Y sus esquemas no los vamos a tragar Y en vuestras leyes no vamos a creer”
Eutanasia
Desde la imposición de Dina Boluarte en el Ejecutivo, la consolidación de una dictadura parlamentaria y la toma directa del poder por parte de los “tiburones y pirañas” de los poderes fácticos —económicos, políticos, militares y mediáticos—, se ha afianzado sin mayor resistencia una Coalición Criminal y Reaccionaria. Tras los asesinatos cometidos por las Fuerzas Armadas y Policiales durante el estallido social entre diciembre de 2022 los primeros meses de 2023, y la posterior desmovilización, esta coalición ha capturado instituciones del Estado, manipulado la Constitución a su antojo, aprobado leyes que promueven el crimen y la impunidad, vulnerado derechos fundamentales, preparado un escenario electoral fraudulento y favorecido descaradamente a los grandes intereses económicos. Todo ello con el objetivo de perpetuarse en el poder.
Las acciones que se vienen ejecutando desde el aparato estatal son innumerables y atentan directamente contra los derechos y el futuro de la mayoría de peruanos y peruanas. El país se hunde en la precariedad, la inseguridad y la corrupción, mientras una lumpen-oligarquía se enriquece sin pudor. Conscientes de su casi absoluto control, ya ni siquiera guardan las formas: actúan con total desvergüenza haciendo ostentación de su prepotencia y de sus corruptelas.
Sin embargo, algo comienza a cambiar. Inspiradas por la ola de protestas globales —como las de Indonesia y Nepal, donde los manifestantes incendiaron el parlamento usando la simbología del manga “One Piece” donde los protagonistas luchan contra el abuso de poder— y con una fuerte presencia juvenil, en Perú, especialmente en Lima, se vivieron movilizaciones potentes el 13, 20 y 21 de septiembre. Estas fueron detonadas por hechos que evidencian el hartazgo ciudadano frente a tanta impudicia.
La reforma del sistema de pensiones promovido por el fujimorismo —un robo descarado del dinero de trabajadores formales e informales para beneficiar a las AFPs—, la destitución de la Fiscal de la Nación, el incremento de la inseguridad, el abuso y la impunidad con que actúan congresistas, ministros, la presidenta y una policía profundamente corrompida, así como la burla constante de personajes como Keiko, Porky o Acuña, han provocado movilizaciones que, aunque brutalmente reprimidas, prometen escalar. El protagonismo de la “generación Z” ilumina la posibilidad de que el Perú deje de tolerar que los delincuentes que nos gobiernan sigan actuando impunemente a costa de la mayoría y del futuro.
La insurgencia democrática, que parecía dormida, vuelve a despertar. Y hoy, más que nunca, es urgente. La coalición en el poder sigue avanzando: ha colocado a un “cuello blanco” como Fiscal de la Nación y viene fraguando un fraude electoral desde hace tiempo. Pero el cántaro ha comenzado a romperse, y la movilización popular se desborda.
Lamentablemente, las izquierdas siguen atrapadas en la lógica electoral, desconectadas del ánimo ciudadano que podría perderse nuevamente en un estallido sin dirección clara. Las elecciones no resolverán los problemas del país; al contrario, podrían profundizarlos. No se trata de evadirlas, sino de enfrentarlas con claridad estratégica. Si realmente queremos salir de esta pesadilla, debemos ampliar la insurgencia democrática: fortalecer la protesta, la desobediencia civil, poner en evidencia las trapacerías de los delincuentes que están en el poder, denunciar el fraude en curso y plantear con urgencia una salida constituyente. ¡Los viejos a la tumba (si es necesario), los jóvenes (lo que no es un asunto etario) a la obra!
En medio de los múltiples balances sobre las recientes elecciones en Bolivia y sus implicancias para el Perú, hay una conclusión que se impone con claridad: la principal causa de la derrota del MAS y del proyecto de cambio y el triunfo derechista fue el fratricidio interno, producto de pugnas caudillistas que no solo fragmentaron el voto o lo llevaron a la nada, sino que generaron un autoboicot prolongado a lo largo del gobierno de Arce. Este conflicto interno impidió tomar medidas oportunas para enfrentar la crisis, debilitando al proyecto político desde sus propias entrañas.Además, quedó demostrado que no basta con redistribuir los excedentes de hidrocarburos ni con mantener disciplina fiscal. El modelo boliviano, aunque exitoso durante varios periodos de gobierno, requería una diversificación económica sostenida, con participación tanto pública como privada. Hoy, algunos intentan reescribir la historia negando los logros del modelo, pero lo cierto es que su colapso responde a las razones descritas que mostraron el agotamiento de las fórmulas planteadas y de la necesidad de renovar el proyecto.
¿Y el Perú?
Más allá de las diferencias entre ambos países, lo ocurrido en Bolivia anticipa un escenario preocupante para el Perú: una segunda vuelta dominada por las ultraderechas, ante la incapacidad de las izquierdas de articular una oposición coherente al actual gobierno y de construir una alternativa de cambio. La mirada estrecha y el cortoplacismo han impedido una unidad más amplia entre el reagrupamiento de izquierdas, la socialdemocracia, el liberalismo progresista y el llamado «castillismo».
La fragmentación actual golpea especialmente a las fuerzas de izquierda, nacional-populares y progresistas. En medio de la «candidatitis», se olvida que estamos frente a un régimen mafioso y autoritario, un bloque reaccionario que se ha hecho del control de las instituciones capaz de excluir candidatos de centro e izquierda, bloquear la inscripción de organizaciones políticas y preparar un escenario electoral favorable a las derechas. Esta miopía política revela no solo una crisis de representación, sino una profunda crisis estratégica de las izquierdas.
¿Cómo salir de este laberinto?
No se trata de regodearnos en nuestras desgracias, sino de pensar cómo construir una salida. La apuesta por una insurgencia democrática y electoral sigue vigente. Aunque las elecciones no ofrecen, por sí solas, una solución a la crisis, sí pueden convertirse en un espacio de agitación política, un terreno para profundizar una voluntad destituyente y, al mismo tiempo, empezar a afirmar una voluntad constituyente.
En lugar de persistir en guerras fratricidas, deberíamos estar pensando en cómo articular políticamente y electoralmente nuestras fuerzas, a pesar de las diferencias. Hay opciones, pero requieren audacia y desprendimiento, cualidades que la mediocridad dominante impide vislumbrar. Las desconfianzas entre los distintos sectores son comprensibles y quizás reflejan el agotamiento de un ciclo político en las izquierdas. Sin embargo, también podrían ser el preludio del nacimiento de un nuevo y mejor ciclo.
Es hora de preguntarnos si estamos a la altura de las circunstancias. Derrotar a las mafias reaccionarias y abrir un nuevo momento histórico para el país exige coraje, visión estratégica y voluntad de unidad.
La reciente escalada en el intento de recaptura ilegal e “inconstitucional” de la Fiscalía de la Nación nos plantea preguntarnos: ¿Qué orden constitucional estamos defendiendo en el Perú? Si bien es imperativo salvaguardar los escasos espacios democráticos que persisten, la realidad es que el país opera bajo una «nueva versión de la constitución fujimorista», que como su antecesora es producto del autoritarismo, del desconocimiento del voto popular, de la usurpación del poder constituyente por una coalición derechista (congreso-ejecutivo) y mafiosa que ha reforzado un régimen en el que proliferan las mafias, el autoritarismo y la vulneración de de derechos.
Este orden constituido que impera hoy en el Perú no surgió de la noche a la mañana. Es la culminación de un «golpe de estado estratégico» orquestado e implementado desde 2016 para retornar a una versión más autoritaria del régimen neoliberal. ¿Cómo entender sin este contexto el Merinato, el asedio implacable contra el expresidente Pedro Castillo, su eventual caída, y los subsiguientes cambios constitucionales diseñados desde el congreso para asegurar el poder y capturar instituciones clave, poniéndolas más abierta y descaradamente que nunca al servicio de los poderes fácticos, tanto los tradicionales como los emergentes?
«El ‘desgobierno’ de Dina Boluarte y la consolidación del poder del Congreso marcaron el inicio de un arrasamiento aún sistemático de derechos, instituciones y recursos en el país. El asesinato de peruanos y peruanas que protestaban en el ‘estallido social’ tras la caída de Castillo fue un punto de partida de este momento. La implementación de una agenda autoritaria, reaccionaria, mafiosa y criminal no deja dudas sobre la dirección que ha tomado el país. El reciente ataque a la Fiscalía de la Nación es sólo el último capítulo de esta embestida, y de cara a las próximas elecciones, es evidente que la contienda no será competitiva: varios de los rivales han sido eliminados, el control de los organismos electorales es creciente y las reglas de juego electorales ajustadas a las posibilidades de quienes están en el congreso y sus “partidos” para mantener sus cuotas de poder.
Con el inicio del «desgobierno» de Dina Boluarte y la consolidación del poder del congreso, marcados por el asesinato de peruanos y peruanas que protestaban en lo que se denominó el estallido social tras la caída de Castillo, el país ha sido testigo de un arrasamiento sistemático de derechos, instituciones y de sus recursos. La implementación de una agenda autoritaria, reaccionaria, mafiosa y criminal ha dejado pocas dudas sobre la dirección del país. El ataque a la Fiscalía de la Nación es sólo el último capítulo de esta embestida. De cara a las próximas elecciones, es evidente que la contienda no será competitiva, pues los rivales han sido, y seguirán siendo, sistemáticamente eliminados del camino.
El poder se ha reconfigurado no solo para asegurar su continuidad a través de la manipulación del sistema político y electoral, sino también para sentar las bases de una expansión sin precedentes de la captura del Estado. Esto se logra concediendo aún más beneficios y privilegios a los grandes poderes económicos, ahora aliados con mafias emergentes (minería, tala ilegal, narcotráfico) que han trascendido la marginalidad y se integran a estos poderes fácticos. Su prioridad es la búsqueda de impunidad para sus latrocinios y crímenes. En esta vorágine, nada parece importar: ni el patrimonio histórico, como las líneas de Nazca; ni la destrucción de la Amazonía; ni la privatización del agua; ni el continuo despojo de las comunidades campesinas e indígenas.
Estamos inmersos en un contexto donde prima la fuerza desnuda, respaldada por los votos en el todopoderoso Congreso. Poco importa que este régimen y la coalición que lo dirige sean ilegales, ilegítimos y repudiados por las grandes mayorías. La aplicación del terror durante el estallido social, la continuación de los estados de emergencia y una eficiente maquinaria de criminalización y ‘terruqueo’ han sido sus instrumentos de imposición. A esto se suma un preocupante escenario internacional, donde a nadie parece interesarle exigir o cautelar algún estándar democrático o de derechos humanos. Lo más grave es que las fuerzas que podrían frenar este arrasamiento se encuentran divididas, enfrentadas o simplemente prefieren no asumir plenamente las consecuencias de lo que está ocurriendo.
Como afirmamos, ya no hay un orden constitucional democrático que defender. Lo que quedan son apenas unos ‘espacios democráticos’. La actual ‘constitución’ no es ni siquiera la del posfujimorismo, sino el resultado de una dictadura constituyente impuesta a sangre y fuego. Por ello, lo que urge es abrir una salida constituyente para construir un orden democrático real y legítimo. Esto solo será posible mediante la convocatoria del poder constituyente, opuesto a este orden establecido. Las próximas elecciones no serán la solución a esta profunda crisis; serán, a lo sumo, un campo de acumulación
Lo que el Perú necesita es una insurgencia democrática que desborde a quienes están acabando con las posibilidades de forjar una patria para todos. Esto solo se logrará juntando fuerzas, retomando la capacidad de movilización y desconociendo crecientemente el actual orden, transitando de un momento principalmente destituyente a uno más claramente constituyente. Este es el desafío urgente que tienen por delante las fuerzas democráticas y las fuerzas de izquierda.